Eres tú… tú otra vez.
Siempre has estado ahí pero no siempre te he observado de la misma forma.
Tú… tú misma.
La que me mira desde detrás de los espejos con cara de miedo. Manifestando el dolor que sufro cada vez que nos reencontramos.
Te temo mucho más de lo que nunca he temido a nadie. Hoy por hoy, soy absolutamente incapaz de observarte sin que se nos rompa el alma. No puedo sostenerte la mirada porque en esos ojos oscuros se refleja mucha más tristeza de la que nunca creí que llegaría a soportar. Tu cuerpo parece difuminarse cada vez que te observo. Ese cuerpo jodidamente imperfecto, esa barriga que hace tiempo que está vacía pero que se muere de nauseas en nuestros encuentros, esas piernas gordas que lentamente nos encaminan hacia la desgracia.
Eres horriblemente cruel, lo sé porque te conozco mucho mejor que nadie. Por eso te tengo tanto miedo, y, a pesar de todo, me persigues allá donde vaya. Te has apoderado de todas y cada una de mis pasiones. Cuando camino por la calle te veo reflejada en los escaparates de las tiendas, como una sombra transparente pero tenebrosa, como un presentimiento que solo yo entiendo. Cuando canto rompes mi voz. Cuando escribo eres mi único tema.
Todos tenemos un destino en la vida… quizá yo nací para odiarte, para matarte lentamente, para destrozarte, justo como tú has hecho conmigo. No lo sé. Solo sé que en ese santuario blanco nuestro luchamos cada día la más dolorosa batalla. Una batalla en la que hace tiempo que nuestras opiniones dejaron de importar. Una batalla en la que tú me incitas al más horrible y extremo placer al que debo renunciar por no traer a este mundo de la locura a aquellas personas a las que quiero. Ya no importan las cifras solo el sabor ácido que se hace más dulce a cada momento, solo importa que mi cuerpo vibre y lloré de dolor y de placer al mismo tiempo. Solo importa la locura prohibida de un pecado que no me atrevo a mencionar siquiera.
Sí, soy una princesa y mi trono baila en sentido descendente cada vez que me siento a dirigir mi vida. Es a la vez fracaso y triunfo, crezco cuanto más diminuta me hago, sonrío a causa de todos mis llantos… pero a veces siento que mi báscula es una cuenta atrás del tiempo que me queda por vivir muriendo.
Me dijeron que a la tercera bala vencida, pero también me dijeron que no tropezaría en la misma piedra, que ya conocía el funcionamiento de este truco. Como consecuencia, ya no creo a nadie. Estoy sola… sola contigo.
La nuestra es una relación de amor y odio. Te quiero con toda mi alma y soy capaz de dar mi vida solo porque entiendas que eres un diamante por pulir, una rosa que puede acabar floreciendo. Te amo hasta los mismos huesos. Y al mismo tiempo te odio, chica de la mirada triste y del alma rota. No tanto por lo que eres sino por lo que no eres…
Porque aunque se me corte el aliento cada vez que lo recuerdo, sé la verdad:
Yo eres tú… tú soy yo.
Siempre has estado ahí pero no siempre te he observado de la misma forma.
Tú… tú misma.
La que me mira desde detrás de los espejos con cara de miedo. Manifestando el dolor que sufro cada vez que nos reencontramos.
Te temo mucho más de lo que nunca he temido a nadie. Hoy por hoy, soy absolutamente incapaz de observarte sin que se nos rompa el alma. No puedo sostenerte la mirada porque en esos ojos oscuros se refleja mucha más tristeza de la que nunca creí que llegaría a soportar. Tu cuerpo parece difuminarse cada vez que te observo. Ese cuerpo jodidamente imperfecto, esa barriga que hace tiempo que está vacía pero que se muere de nauseas en nuestros encuentros, esas piernas gordas que lentamente nos encaminan hacia la desgracia.
Eres horriblemente cruel, lo sé porque te conozco mucho mejor que nadie. Por eso te tengo tanto miedo, y, a pesar de todo, me persigues allá donde vaya. Te has apoderado de todas y cada una de mis pasiones. Cuando camino por la calle te veo reflejada en los escaparates de las tiendas, como una sombra transparente pero tenebrosa, como un presentimiento que solo yo entiendo. Cuando canto rompes mi voz. Cuando escribo eres mi único tema.
Todos tenemos un destino en la vida… quizá yo nací para odiarte, para matarte lentamente, para destrozarte, justo como tú has hecho conmigo. No lo sé. Solo sé que en ese santuario blanco nuestro luchamos cada día la más dolorosa batalla. Una batalla en la que hace tiempo que nuestras opiniones dejaron de importar. Una batalla en la que tú me incitas al más horrible y extremo placer al que debo renunciar por no traer a este mundo de la locura a aquellas personas a las que quiero. Ya no importan las cifras solo el sabor ácido que se hace más dulce a cada momento, solo importa que mi cuerpo vibre y lloré de dolor y de placer al mismo tiempo. Solo importa la locura prohibida de un pecado que no me atrevo a mencionar siquiera.
Sí, soy una princesa y mi trono baila en sentido descendente cada vez que me siento a dirigir mi vida. Es a la vez fracaso y triunfo, crezco cuanto más diminuta me hago, sonrío a causa de todos mis llantos… pero a veces siento que mi báscula es una cuenta atrás del tiempo que me queda por vivir muriendo.
Me dijeron que a la tercera bala vencida, pero también me dijeron que no tropezaría en la misma piedra, que ya conocía el funcionamiento de este truco. Como consecuencia, ya no creo a nadie. Estoy sola… sola contigo.
La nuestra es una relación de amor y odio. Te quiero con toda mi alma y soy capaz de dar mi vida solo porque entiendas que eres un diamante por pulir, una rosa que puede acabar floreciendo. Te amo hasta los mismos huesos. Y al mismo tiempo te odio, chica de la mirada triste y del alma rota. No tanto por lo que eres sino por lo que no eres…
Porque aunque se me corte el aliento cada vez que lo recuerdo, sé la verdad:
Yo eres tú… tú soy yo.




